Planta-de-hidrogeno

La dependencia de combustibles fósiles lleva decenios calentando el planeta y provocando el deshielo marino. El consenso es unánime: hay que hacer algo. ¿Pero es posible descarbonizar nuestro mundo o es demasiado tarde?

La concepción de una sociedad del futuro electrificada alrededor del hidrógeno contiene una historia sobre lo que pudo ser y no fue, una sorpresa dentro de otra, como las matrioshkas o muñecas rusas. En octubre de 1842, William Robert Grove, juez y científico galés, envió una breve carta al famoso físico Michael Faraday, de la Royal Institution en Londres, acerca de una nueva batería que había inventado. Aunque de construcción sofisticada, su simpleza resultaba extraordinaria. Mezclaba hidrógeno por un lado y oxígeno por el otro para producir agua… y electricidad.

Durante las décadas siguientes, los visionarios ­victorianos imaginaron un futuro plagado de maravillas gracias a la electricidad: servía para estimular las co­sechas y acabar con el hambre, ganar guerras, construir diligencias eléctricas sin caballos, barcos con motores eléctricos e incluso artefactos voladores. Desgraciadamente, Grove inventó la pila de hidrógeno demasiado pronto. Y quedó como una ocurrencia dentro de un cajón. “Aparte del telégrafo, la electricidad resultaba una curiosidad exótica en ese momento”, dice Iwan Rhys Morus, historiador de la Universidad de Aberystwyth, en Reino Unido. Nadie podría imaginar entonces que, con la invención de los generadores eléctricos a comienzos de 1870, la electricidad empezaría a ser vista como una fuente de energía a escala industrial. Pero el hidrógeno quedó en el olvido, dejando paso a las máquinas de vapor, el carbón y el petróleo. “La mayoría de los victorianos pensaban que el carbón era barato y abundante, y aunque se dieron cuenta de que no era inagotable, no se preocuparon de buscar alternativas. El mismo Grove creía que preocuparse por las necesidades energéticas de las futuras generaciones era una pérdida de tiempo”.